lunes, 18 de agosto de 2014

Del pretérito y del porvenir.

Es inefable. El pasado es un recuerdo díficil de compartir porque hasta él se llega por la vía limbica. Las sensaciones de toda una vida pasan ráudas, veloces, con la compañía de imágenes y sonidos de nuestra infancia, nuestra adolescencia, nuestro ayer.  

Algunos días, cuando dispongo de un tiempo de sosiego, respiro en mi interior aquella atmósfera de vida plena. Niños jugando sin ipad, mayores hablando de lo humano y lo divino, perros ladrando y sin correa, calles de piedra y escasas de asfalto. 

Otros días, prefiero imaginar. Sospecho que el futuro nos aguarda, como la orilla del mar espera a las ola. La divina providencia ya ajustó en demasía todo nuestro alborozo, y es tiempo de sonreir. Es la imagen de los deseos, de las buenas intenciones, de surcar el mundo dignamente, aunque sin proezas. 

De todos los tiempos, estoy convencido cual es el más valioso. El que más vale es el presente, el ahora. Miro a mi lado, y sé lo que me completa.

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